GRITOS EQUIVOCADOS

Sobre La Etica Picaresca. De Horacio Gonzalez

No hay una ética picaresca. Hay un comportamiento pícaro que es reductible y/o tributario de inscripciones ancestrales que pueden rastrearse hasta en las formas menos organizadas de la vida animal. Precisamente, comentando esta tesis doctoral de González que sostiene que ya no hay filosofía argentina, evocamos la tesis doctoral de José Ingenieros, uno de los primeros intentos de construir una etología de la simulación. Esa mariposa de la mesopotamia que parece una flor, pero que ante la cercanía de un ave -un ruido entre las ramas, un olor o vibración que revela la presencia de un animal superior de sangre caliente- despliega sus alas y exhibe dos "ocelos" que replican la mirada iracunda de David Viñas- es eficaz a condición de que existan animales superiores, con visión binocular y dispositivos de indicación de la voracidad y la ira tan desarrollados como los del autor de Los Dueños de la Tierra. En un mundo en el que no existieran piedritas grises, no habría bichos bolita, y si los hubiera, de nada les serviría apelotonarse no bien uno levanta la laja bajo la cual tienden a prosperar sus colonias. En un mundo sin Bien, el dispositivo pícaro -que González insiste en reducir a la "figura"(sic) del pretexto- no tendría sentido. O, peor, no tendría el sentido instrumental perseguido por los sujetos. Este puede ser el síntoma terrible que señala la lectura de la tesis de González: el diagnóstico del advenimiento de un mundo sin Bien, en consecuencia sin Mal. Un mundo sin capacidad de juzgar, un mundo de conciencias limitadas al ejercicio estético de discriminar simulaciones bien y mal conjugadas, y al ejercicio político de vigilar y castigar las simulaciones ineficaces. A la hora de la crueldad, sería posible argumentar que el libro que trata de acotar este advenimiento, se agrega disciplinada mente a la cadena de sus síntomas. De una larga serie de indicadores destaco tres rasgos que sostienen esta afirmación. En primer término, su subordinación al pacto universitario. González es demasiado inteligente, o cuenta con un gusto estético refinado al que no sabe renunciar, como para incurrir en un paper doctoral. Sin embargo, como siguiendo el consejo de Hans Sachs a Walther, prologa el libro con una reverencia a los Maestros de turno -con toda probabilidad una c fila de canallas, imbéciles y figurones- y, simulando enfrentar a la institución universitaria y aludiendo a su decadencia, labra el terreno del espacio académico comple mentario que ha elegido ocupar, afirmando que "las universi dades decaen porque la politica también decae sin que el conocimiento innovador encuentre alianzas imaginativas con la ciencia de vanguardia". Este p rrafo prologa un ensayo que prueba lecturas de Kant, Hegel, Heidegger, Platon, Marx, Althusser con un nivel de aplicación y crítica mas que suficiente para descalificar las figuras míticas del Bien que sostienen la Institución Universitaria, caso extremo y teratólogico de la picaresca burocr tica neocapitalista: "ciencia", "de vanguardia", "conocimiento innovador", "espa cio posible de alianzas". Soprende que un lector escrupuloso de Weber -sino de Schmitt-, de Bourdieu -si no de Aron y Touraine- y un testigo lúcido de la llamada "transición democrática" consuele a los académicos en decadencia con el argumento de que "la política también decae", en el prólogo a un ensayo que recorre con bastante prolijidad las eviden cias de que eso que el autor alguna vez llamó "derrota" no es expresión de la decadencia de la política sino de su m ximo perfeccionamiento como técnica para apropiarse de la conciencia y de la voluntad de los subordinados. El segundo rasgo que sostiene el argumento insidioso de que el libro sintomatiza el advenimiento que intenta señalar es lo que llamaría el "modelo Lyotard". En su mas difundido panfleto, Lyotard recorre en poco mas un centenar de p ginas, un cen tenar de textos o autores que en algún caso cita, en otro glosa, pero que, siempre irrumpen para agregar su autoridad al texto, autoridad que nunca es cuestionada, referida a su contexto de emisión o "reducida". Gonz lez, que a diferencia de Lyotard hace una valiente defensa del reduccionismo, a semejanza del best seller francés escenifica para el lector desprevenido un intertexto plausible donde todas las voces posan por estar hablando de lo mismo. Mas que el disgusto que provocan glosas y referencias a la psicología-ficción francofreudiana, que parecen una concesión -o un guiño- al microclima local, (y aún mas que el extrañamiento que provoca el tratamiento de materiales condescendientes como los ensayos de Landi, Rozitchner y Caparrós sobre Olmedo, Taruffeti y Virulazo...), irrita en la composición del repertorio de glosas la reticencia a ponderar lo mas sabido: que ninguno de los autores y actores que se desempeñan en la obra se estaba refiriendo a un objeto común. Esto es flagrante en el caso del objeto ético, entidad teórica de muy distinto alcance y referente en los citados Hegel, Marx, Artl, Spinetta y San Agustín, y, quizás mas grave en el caso del objeto social: qué es lo social es una pregunta a la que cada uno de los autores intervinientes en el texto supo dar una respuesta diferente que en momento alguno del libro González intenta reflejar, tal como tampoco explicita su propia definición. Un tercer rasgo que abona la insidiosa suposición de que el libro sintomatiza el mismo cuadro que intenta describir, tal como el citado "efecto Lyotard", se vincula al pacto de lectura propuesto. Siguiendo el modelo ideado por Mc Luhan para su Galaxia, la articulación de temas, la distribución de títulos y epítetos clasificatorios se modela según la retórica de la prensa. Cierto que esto permite un despliegue de metáforas, metonimias, paráfrasis, ironías, oximorons y quiasmos que amenizan la lectura y dan cuenta de la creatividad graciosa del autor. Pero este des pliegue lúdico parece una propuesta de clasificación mas fuerte que la cita, la glosa y la crítica contenida en cada capítulo: por una parte familiariza la exposición con las odiosas columnas de prensa a las que afortunadamente no pertenece; por otra sugiere una ética -o si se prefiere, una etología- de la lectura, complaciente hacia el hallazgo fortuito y mas atenta a las demandas del consumo del texto que a la exigencias del análisis de los insumos textuales procesados. Con frecuencia, y con excesiva frecuencia en la primer mitad del libro, la mimesis de prensa, su sugerencia de que el autor esta pensando y escribiendo para un público cautivo y demandante de chismes y guiños a su sistema referencial massidiotizado, es un mensaje mas fuerte que cual quiera de las proposiciones pertinentes del autor. Por ejemplo: "el buen Halperín Donghi", "el viejo Max" (por Weber); "Gibert, muerto de Sida en Paris, en diciembre de 1991, a los 36 años", "Foucault, muerto de Sida", "Wittgenstein que confesaba masturbaciones en su diario íntimo"; "Deleuze y Guattari usan palabras con tortícolis", en cambio Levi Strauss, que "es un gran loco" es "el último sabio" pero "odia esta palabra" y "ha escrito frases terribles, quizas las mas desafiantes de las ciencias humanas del siglo XX..." En las primeras cincuenta páginas de ensayo conté decenas de microanécdotas de niveles comparables en cuanto a su mal gusto e irrelevancia para el tema que las trajo a colación. En cierto punto dejé de contar y empecé a preguntarme si no eran ellas mismas, su género y su mensaje cifrado, el verdadero objeto de la exposición. Tal vez, en alguna medida, lo fueron. Como no llevo un diario íntimo, por este único medio testimonio que comparto las aficiones de Ludwig Wittgenstein y que acabo de enterarme, gracias al suplemento cultural del matutino de mayor circulación en el pais, que Louis Althusser recién se atrevió a explorarlas a la edad de ventisiete años. Pero mas importante que interpretar el rol de la masturbación en la constitución de la filosofía del lenguaje de Wittgenstein, y que conjeturar sobre las causas y los efectos de la profusión de chismografía de prensa en el ensayo de González, sería elucidar el complejo sistema de relaciones que se traman entre ética, retórica, política, estética y antropología a lo largo de la obra. A esta altura del comentario llega la hora sombría: la hora del fastido, la de subir a la biblioteca y exhumar las referencias necesarias para señalar cuál es la fuente del error de González, el momento de releer el libro y escribir para él ese capítulo que el autor se resistió a darle. Es la hora del desgano y de la desazón, el instante que invita a proferir el "muss man schweigen" nuestro de cada día y a refugiarse en los encantos del camino privado del filósofo austríaco. Odio ese polvo que el tiempo y la inutilidad fueron depositando sobre mis libros. Previendo este momento -parece- el autor se anticipó a presentar su instrumento formal -la figura (sic) del pretexto- según su interpretación de la f bula de la Zorra y las Uvas. Así cierra el camino natural del lector, que sería declarar que los frutos de su especulación est n demasiado verdes, en algún caso, y suficientemente podridos en otros, como para que valga la pena trepar a recogerlos y clasificarlos. Este es un mérito del libro: provoca pensar y neutraliza los pretextos. Te deja a solas con la mala fe de no poder emprender bien lo que González concluye mal. Esa impotencia es también un objeto del libro que se presenta como "un escrito sobre política argentina, pero acaso no se nota". La impotencia del lector: la impotencia de los derrotados en una batalla que jamás emprendieron. Vuelvo a citar a Aira, reflexionando sobre sus personajes: "el medio postcapitalista del que habían hecho su morada, les impedía con el veto del absurdo toda seriedad". No es el caso de González, diría. Su empresa es seria. El veto opera instalando su discurso en medio de las mismas convenciones que se propone analizar. Cito a otro narrador argentino: "como no los pudieron silenciar, los condujeron a gritar otras cosas". Cuando González -sin ironía- escribe: "las interferencias telefónicas son una burla a la democracia y a la libertad del espacio público" esta sumándose al griterío del coro que trata de cantar otra cosa. Canta otra cosa. Por eso puede vincular la ética picaresca con el conflicto social acotándolos en un espacio conversacional microsociológico, del que -pese a sus frecuentes reverencias al "viejo Marx"- excluye la entidad de la lucha de clases. En verdad, parecemos condenados a consumir un sistema de lecturas que ha proscrito con el veto de la moda el reconocimiento de lo mas patente de la constitución del lazo social. Los ensayistas como González proceden de dos vertientes que hicieron del concepto de lucha de clases un instrumento básico de la perseverancia en el error: la de los marxistas que lo entendieron como motor de una Historia teleologizada a cuya meta inevitable había que servir y la de los picaresco-populistas que lo utilizaron como resumen interpretativo de una guerra social de posiciones que, -lo vimos con Gelbard, Alfonsín y con la Renovacion Peronista-, terminan con una victoria íntima que se festeja cinicamente en los pasillos ministeriales y legislativos. La derrota, en algún caso, el sinsentido de la victoria en otros, tal vez el dictamen de la moda cultural en todos, abonó esta renuncia colectiva a los instrumentos indispensables para pensar la ética y lo social. Corresponde a Barthes -tan citado en La Etica Picaresca- el papel de divulgador de las tesis de Valery sobre el nacimiento de la retórica como técnica vinculada a la puja -simbólica y corporal- por la propiedad territorial. A la hora de recurrir a la retórica como instrumento de diseño de la ética -ejercicio que justifica el escrito de Gonzá lez- sería conveniente volver a los orígenes de ambas tecnologías para tratar de reponer un conocimiento que el discurso contemporáneo est empeñado en reprimir. Al respecto, las dos alegorías empleadas por González para montar su modelo del pretexto -la fábula de la Zorra y el episodio del Lazarillo- son dos historias sobre los límites materiales a la apropiación, algo que lleva a pensar severamente en la exclusión del concepto de propiedad en el análisis del autor. Que la zorra piense y hable como un hombre, y que Lázaro actúe deliberadamente como un ratón e inconcientemente como un reptil -tópicos de ambas alegorías- invita a especular levistrosianamente sobre la disyunción animal-humano que se procesa en ambos relatos. Pero este capítulo queda en suspenso, porque pese a la escala que realiza en Kierkegaard -un Kierkegaard convocado por Habermas- y a la inevitable referencia al Mal y a la "cuestión demoníaca", la asunción del género "pensiero debole" -complemento natural del cálculo - deja al autor -circunstancialmente?- desarmado para pensar el Bien y, con ello, para pensar lo humano y retornar a la sociología, a la antropología, a la filosofía o a la ética: a cualquiera de los cajones de herramientas donde la Verdad no es un mero valor proposicional, el Bien no es la media aritmética del juicio público, y la Crítica ni comienza ni se detiene en una instancia conversacional intersubjetiva. Como con frecuencia González retorna a este instrumental, entiendo que merece y puede tolerar este comentario.

 

 

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